Elegir el momento de la derrota
FUENTE El Colombiano

"Perder pronto, perder tarde, perder mucho, o perder poco, son las opciones reales. Es lo que escribió Thomas Friedman hace poco en el New York Times . Se refería a la guerra que adelanta Estados Unidos en Afganistán. No existe la posibilidad de ganar. Sólo es posible elegir cuándo y cómo se retiran las tropas norteamericanas. De todas maneras perderán, pero pueden escoger entre aceptarlo este año y aminorar el dolor y los gastos o prolongar la agonía y elevar de manera absurda los costos.
Así está la situación en Afganistán. Así está la situación en Irak. Pero en Irak faltan apenas seis semanas para que se produzca el retiro de los soldados, en cambio en Afganistán se acaba de nombrar al general David Petraeus como jefe de las operaciones para prolongar el despliegue militar y mantener la ilusión de triunfo. Tienen la esperanza de que este líder militar que obtuvo algunos éxitos notables en Irak pueda revertir la tendencia indeclinable a la derrota que se vive en las montañas afganas.
La frase de Friedman pinta muy bien la triste disyuntiva a la que ha llegado Estados Unidos en las guerras iniciadas por Bush. Ninguna opción es buena. No obstante se pueden ahorrar miles de vidas y millones de dólares si se decide parar ahora. Y Obama podría hacer un poco de honor al premio Nobel de Paz que generosamente le otorgaron los noruegos.
¿Comprenderá esto Obama rápidamente? En el caso de Irak pudo hacerlo, en el caso de Afganistán no. Desde el principio de su gobierno ha creído que puede triunfar allí. No se sabe de dónde sacó esa idea. Quizás no sabía que todas las potencias se han estrellado en ese país misterioso. Quizás no sabía que allí hay un pueblo dolorosamente habituado a la guerra. Que la Unión Soviética obstinada y guerrera tuvo que retirarse de esos territorios no hace mucho tiempo.
Los costos han sido ya bastante altos. En estos diez años de guerra en los dos países ha muerto un promedio de 550 soldados norteamericanos por año. Y el gasto militar se ha elevado por encima de 150.000 millones de dólares año tras año. Tamaño dolor y desperdicio es lo que se puede ahorrar con una decisión política audaz.
Obviamente esto no tiene comparación alguna con lo que han perdido los países intervenidos en vidas de sus propios militares y en especial en vidas de civiles. Esas se cuentan por cientos de miles. Como se cuentan también en cifras infinitamente más altas los estragos causados en la infraestructura de esos territorios devastados.
No es fácil en todo caso devolver al país de un solo tajo 92.000 soldados desplegados en Irak y 94.000 situados en Afganistán. Pero la discusión sobre el asunto empieza a caldearse en el Congreso de los Estados Unidos. Y son precisamente los demócratas quienes más inquietudes tienen al respecto.
La crisis económica ha empujado a muchos congresistas a cuestionar el abultado gasto militar que implica sostener estas confrontaciones. Les duele el bolsillo, cuestión que aprecian mucho los ciudadanos del norte. Por eso hay esperanzas de que terminen escogiendo perder pronto como lo aconseja Friedaman.
No debería ser la única presión sobre Obama. Como en los tiempos de Vietnam se necesitaría una protesta enorme de la sociedad norteamericana y una censura constante de la comunidad internacional. Son cosas muy débiles en este momento. En Estados Unidos los reclamos son aislados y Europa no se muestra muy activa en el asunto.
Así que tendremos que esperar a que crezca la preocupación por los altos costos económicos en los círculos políticos norteamericanos o a que se vuelvan más y más brutales las pérdidas de soldados a manos de las milicias Talibanes que acechan en cada rincón de Afganistán y pelean esta guerra sin reparar en el tiempo y sin pensar siquiera un momento en rendirse o dar alguna tregua a unas tropas que consideran emisarias del mal.
/ León Valencia
lvalencia@nuevoarcoiris.org.co